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Darío Botero Pérez: risas de río más 20…

RISAS DE RIO + 20

Darío Botero Pérez

 

 

A pesar de los mitos de la academia, de ninguna manera se puede aceptar que el “desarrollo” o el “progreso” de la especie humana equivalgan a lo que las sociedades consumistas y depredadoras denominan “crecimiento”, intoxicadas por su brutal irracionalidad disfrazada de egoísmo.

 

El llamado “crecimiento” -que obsesiona al Neoliberalismo pero del que ya Japón parece estarse desprendiendo, para ejemplo de comunidades milenarias y altamente respetables, como la china o la hindú, víctimas contemporáneas del idiotismo consumista y homogenizador que les roba sus propias culturas-, conlleva la destrucción incondicional de la biosfera, a un ritmo creciente, con una capacidad destructiva cada vez mayor y más extendida por el globo en todos los ambientes, aún los evidentemente sagrados.

 

Estas agresiones imperdonables destruyen construcciones geológicas que han tardado miles y hasta millones de años en formarse y que conforman remansos de equilibrio magnético energético indispensables para la conservación de la Vida y la estabilidad del planeta, pero que pueden destruir en unas cuantas semanas los eficaces apocalípticos que son los potentados sicópatas, delirantes e insensibles, constituidos en los “enemigos comunes” de la Humanidad, la Vida y la biosfera.

 

Tales bestialidades se miden con el PIB o Producto Interno Bruto.  Y todos los esfuerzos de los enemigos comunes se dirigen a aumentarlo a cómo dé lugar; así sea destruyendo la Naturaleza mediante los más asombrosos atentados contra sus sagrarios para saquear sus recursos a fin de, presuntamente, superar la crisis económica que, realmente, cada vez será peor con semejantes medicinas.

 

Deliberadamente se derrocha la riqueza auténtica para convertirla -a un ritmo infernal y a cambio de papeles basura o divisas sin valor- en basura que intoxica la biosfera con lo que le han extraído pero que, perfectamente, se podría reciclar, siendo amables con el medio ambiente y asegurándole a la Vida su conservación tanto como ocupación diversa y permanente a mucha gente.

 

Lamentablemente, la lógica depredadora del mortal consumismo, medida de manera tan arbitraria y nociva, aconseja semejante derroche al inversor individual pero, sobre todo, al depredador corporativo lleno de obsesiones apocalípticas y resuelto a enriquecerse a punta de especulación y saqueos, en vez de por cuenta de la producción de bienes y servicios útiles.

 

Por desgracia, el individualismo capitalista es ajeno a cualquier racionalidad social en estas sociedades piramidales e inicuas que condenan a la miseria y la esclavitud a quienes no admitan las depravadas reglas del juego competitivo dominante en la Historia; o a quienes las admitan pero carezcan de las oportunidades o de la falta de escrúpulos necesarios para ser un “triunfador”.

 

Los potentados caducos y degenerados no entienden que este período antropológico ya está superado por la “sociedad del conocimiento”, que impone sus reales por encima de cualquier cálculo subjetivo, y que se niega a seguir convirtiendo a los seres humanos en asesinos amargados para darles la oportunidad de que se vuelvan sabios felices.

 

En las sociedades caducas -caracterizadas por el asesinato de todas las formas de vida, pues sus divinidades suelen exigir sacrificios de inocentes, generalmente derramando su sangre en presuntos altares-, cada individuo inteligente busca su lucro personal de la manera más expedita posible.

 

Generalmente, fundado en el carácter sanguinario de sus dioses, procede sin sensiblerías ni piedad, decencia o solidaridad social, ajeno a las llamadas “externalidades”.

 

Tal es el nombre que le dan, en “Neolengua”, a los daños causados al entorno por quienes se dedican a saquear la Naturaleza.  El oportunista concepto también se lo aplica a los perjuicios que les causan impunemente a las comunidades que habitan el entorno agredido directamente, y al medio ambiente en general.

 

A pesar de ser tan graves e irreversibles los efectos de las externalidades, los politiqueros que les han cedido la explotación de la biosfera no se los cobran a los “inversores” depredadores, de modo que su rentabilidad se maximiza a costa del empobrecimiento de la especie y la destrucción del medio ambiente, para beneplácito de las bolsas y los bolsones sicópatas, estúpidos y codiciosos.

 

Por eso matan tiburones, gorilas y elefantes; envenenan las aguas; arrasan con las selvas; destruyen comunidades ancestrales; inundan sagrarios naturales, y perforan los fondos de los  océanos para extraer petróleo de las profundidades en plataformas cada vez más numerosas, que necesariamente colapsarán convirtiendo las aguas marinas en pantanos.  Así lo han planteado los herederos de Abraham, obsesionados por causar el Juicio Final, del cual tal transformación de las aguas es una señal inequívoca.

 

Desde luego, la Humanidad no puede quedarse indiferente ante tamañas amenazas pues, aunque la Biblia lo sostenga, la destrucción del Mundo no es un castigo de Dios sino una perversidad de un pueblo de pastores ambiciosos e inescrupulosos, herederos del impostor y tramposo Jacob, que resolvió auto nombrarse como el preferido (o “pueblo elegido”) por el presunto dios de dioses, el caprichoso y sanguinario Yahvé, llamado a sí mismo “dios de los ejércitos”.

 

Para confirmar su ilusa superioridad, se consideran propietarios legítimos de la “tierra prometida” (que resulta siendo el Mundo entero, aunque inicialmente sólo comprendía territorios árabes y palestinos, mucho de ellos hoy en manos de musulmanes).  Al fin y al cabo, sostienen que su caprichoso dios hizo el universo para que los disfrutasen como les pluguiese o les viniese en gana.

 

Mediante los sueños de Abraham, Isaac y Jacob, según las tesis de Moisés, se han atribuido el derecho a sojuzgar y eliminar a los demás, arrebatándoles sus posesiones tanto como sus vidas.

 

Lo hicieron en la antigüedad, acudiendo a métodos realmente aterradores y denigrantes, cuando la guerra entre pueblos y reinos incipientes era la regla para sobrevivir.  Al fin y al cabo, esa ha sido una demanda objetiva de la violenta, caduca y perversa Historia, que las mayorías mansas y lúcidas remplazaremos por una Sociedad Democrática Global, necesariamente pacífica y satisfactoria para todos.

 

Y lo siguen haciendo ahora, cuando las mayorías repudiamos la violencia, pues estamos hartos de la guerra, la depredación de la biosfera y las desigualdades, de modo que exigimos una sociedad justa que nos respete a todos sin discriminaciones, y que proteja la Naturaleza.

 

En esta sociedad superior que estamos construyendo al margen de los políticos y sus amos potentados, cada ser humano podrá desarrollar sus talentos sin estorbos artificiales.  También podrá esforzarse por ser feliz sin tener que amargarle su vida a nadie, y sin que nadie tenga derecho, o se lo atribuya abusivamente, a amargarle la suya.

 

¡Nos negamos a seguir convirtiéndonos en asesinos para enriquecer potentados apabullando prójimo indefenso y bueno y destruyendo la Naturaleza!

 

Éste es el desafío que nos plantean los enemigos comunes al 99% ajeno a ellos.

 

Tenemos que entenderlo y reaccionar mancomunada y oportunamente, o nos quitarán la oportunidad de hacerlo en caso de que logren causar la destrucción del medio ambiente en que están empeñadas las grandes corporaciones saqueadoras de la Naturaleza, y que ninguna cumbre de potentados logrará reducir ni, mucho menos, prohibir y evitar.  No sólo porque sea muy difícil sino porque no les interesa, pues su verdadera motivación es profundizar el saqueo, como lo demuestran sin lugar a dudas 40 años de desarrollo sostenible neoliberal corridos desde la cumbre inicial de Estocolmo en 1972.

 

Pero, sobre todo, quedaremos totalmente indefensos y perdidos si logran desatar la guerra nuclear que tanto obsesiona a Benjamín Netanyahu y a las lacras cancerosas que representa.

 

Toca vencerlos, lo mismo que a quienes secundan sus planes demenciales, como el orate místico y asesino, Mahmud Ahmadineyad, o el matasanos Bashar al Assad, o el frío torturador y envenenador Vladimir Putin, o el ágil títere Barak Obama. O el déspota vendepatria que a ti te afecta, y el que lo afecta a él, y el que me afecta a mí.

 

Desde luego, también toca vencer a quienes regalan los recursos sitos en los países.  Generalmente los pueblos raizales los consideran propiedad de la Madre Naturaleza, o Pachama, pero el capitalismo se siente autorizado a apropiárselos.

 

No obstante, éste los ha tratado como patrimonio inalienable de los pueblos y no de ningún individuo.  O sea, han sido calificados de monopolios públicos de naturaleza común, disponibles para el beneficio o el servicio de todos los habitantes, como el agua o los parques naturales o los minerales o los litorales o las selvas.

 

Con los que son susceptibles de explotación económica suelen configurarse monopolios estatales de naturaleza industrial y comercial.

 

Pero bajo el Neoliberalismo, como consecuencia de la “desregulación” y mediante los “tratados de libre comercio”, se han privatizado a favor de los inversores extranjeros. Y se incluyen no sólo los entables sino los mismos yacimientos potenciales que les interesen a los respetados potentados.

 

Abusivamente, los presuntos representantes de los pueblos privatizan los activos públicos, sobre todo los que explotan recursos naturales; y también privatizan los recursos naturales mismos.  Así ha tratado de hacerlo Ricardo Martinelli en Panamá, atendiendo las órdenes neoliberales.

 

Por fortuna, el pueblo ha salido a impedirlo, obligando al abyecto neoliberal socio del parapolítico neo nazi Álvaro Uribe, a retirar sus dos proyectos de ley, uno privatizador del patrimonio público y el otro orientado a buscar maneras de modificar la constitución para hacerse reelegir.

 

Los hermanos panameños han procedido como los pueblos de Chile, Bolivia, España, Grecia, Colombia, Ecuador, Costa Rica, Perú, Argentina y cada vez más países que, ejerciendo la democracia directa, salen a defender sus fueros y a repudiar el moribundo Neoliberalismo junto a sus sacerdotes y acólitos, impidiendo que adelanten sus planes ecocidas al ritmo que han planeado.  Pero la batalla apenas comienza.

 

Por ejemplo, en Colombia estamos esperando que el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro -todo un ex revolucionario, como José Mujica, o Dilma Rousseff, o Luis Inacio Lula da Silva, o Michelle Bachelet, o tantos otros neo neoliberales que fueron de izquierda en sus años de idealismo-, desista del proyecto de El Quimbo.

 

Con él, Emgesa, empresa pública perteneciente a Bogotá, aliada con la depredadora ítalo española Endesa, anegaría las cabeceras del gran río Magdalena para construir una súper represa destinada a proveer energía a las corporaciones multinacionales que vengan posteriormente a saquear los recursos naturales dentro del área de influencia de la magna obra.

 

Desde luego, esperar comportamientos más consecuentes en quienes son notablemente de derecha, parece iluso pero hay que exigirlos.  Y es posible que sean más receptivos que los presuntos izquierdistas, pues sus intereses políticos les aconsejan ser populistas para proteger su imagen.

 

Por tanto, Juan Manuel Santos tiene que enmendar muchos de los ecocidios que dejó programados y hasta contratados el dictador Álvaro Uribe Vélez, cada vez más desenmascarado y susceptible de que la Corte Penal Internacional le eche mano, pues internamente nadie se atreve.

Más bien, sus socios parapolíticos empotrados en el Congreso han aprobado una presunta reforma a la justicia que les permitirá a los bandidos que acompañaron al dictador, salir ilesos de los procesos que les abrió la valiente ex fiscal Viviane Morales.

 

Su integridad, inexistente en los politiqueros que infaman la patria, aunada a su independencia y decisión, explican que la hayan retirado del cargo a punta de sombrerazos para remplazarla por un furibista conocido y decidido a cambiar la administración de justicia por un espectáculo canalla, como lo demuestra su acusación a un diputado del Valle secuestrado, Sigifredo López, a quien, de manera absolutamente arbitraria, en un claro abuso de autoridad, sindica como autor del delito del que fue víctima.

 

Pero las instituciones corruptas hacen todos los esfuerzos para garantizar la impunidad de los victimarios amigos del gurú, como el ex comisionado de paz, Luis Carlos Restrepo; o el clon uribito, Andrés Felipe Arias; o el secretario privado, Bernardo Moreno; o el asesor inconstitucional, José Obdulio Gaviria Vélez; o el contratista intocable, William Vélez; o el ex contralor corrompido, Julio César Turbay Quintero; o los ex jefes del DAS claramente vinculados a delitos, como Jorge Noriega y María del Pilar Hurtado, la asilada en Panamá; o los ex ministros y tantos funcionarios  todavía intocados, como tantos y tantos más delincuentes vinculados a la dictadura, incluyendo a los mismísimos hijos del ex dictador.

 

 

Volviendo a las agresiones al ambiente contratadas por el chalán de Salgar y presidente designado por el cartel de Medellín; para enriquecer a sus amigos y comprar simpatías de los infelices por cuenta de las frágiles riquezas naturales de la patria, una de las muchas ofertas fue  la explotación por la canadiense  Barrick Gold del páramo de Santurbán, afortunadamente ya frenado, parece que definitivamente gracias a la protesta altiva y oportuna del pueblo santandereano.

 

También, entre tantas corporaciones depredadoras que nos agobian y amenazan con la miseria eterna, está la más reciente pretensión de la Drummond, que se roba nuestro carbón, destruye nuestro medio ambiente y asesina a sindicalistas que lo denuncian.

 

La abusiva trasnacional últimamente salió con el proyecto de robarles el río Ranchería a los indígenas wayuu para explotar el carbón que se hallaría bajo el lecho del precioso caudal, lo cual ha sido claramente rechazado por los nativos, pero sigue en vilo, a la espera de que el gobierno los apoye o apoye a la multinacional.

 

Pero las agresiones son de todo orden, contra todos los recursos no renovables que sustentan la vida.  Es lo que exige el sionismo apocalíptico, encubierto como teoría y política económicas con el nombre de Neoliberalismo, y que los decentes y honestos conocen como Capitalismo Salvaje.

 

En definitiva, “no hay de qué hacer un caldo” con los presuntos líderes o caudillos de los pueblos, sea cuáles sean su ideología y su origen, ni con los dogmas antieconómicos que los guían.  Todos resultan siervos del Neoliberalismo.

 

Lo podemos afirmar, en particular, ahora que a casi todos se les han caído las máscaras gracias a la difusión, por Julian Assange, de los documentos filtrados por el soldado Manning, un verdadero mártir de la Verdad y héroe de la Humanidad.

 

¡Ya no hay tiempo para candideces!  O reaccionamos o nos fregamos.

 

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Esta entrada fue publicada el 21 de junio de 2012 por en Noticias y política.

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