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Visión Milenaria del Amor

Visión Milenaria del Amor

Juan Carlos Aldir | 29, mayo 2012 | Literatura, Reflexiones | No Comments
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En tiempos de tanto encono y de tanta violencia e incertidumbre, pienso que resulta oportuno darnos un respiro hablando justamente del tema opuesto: el amor.

Todos opinamos del amor, casi todos lo hemos experimentado, tanto en sus vertientes filiales, entre padres, hermanos y amigos, así como en las pasionales, pero por su propia naturaleza, lejana a la razón y eminentemente experiencial, resulta muy complicado explicárselo –y mucho menos teorizar a cerca de él– a quién desconozca la emoción a partir de haberla vivido en alguna de sus múltiples vertientes.

Sin embargo, este interés por profundizar racionalmente en el amor, el desamor y sus consecuencias, permanece latente –y si no, basta con visitar los anaqueles de novedades de cualquier Samborns para comprobar cuántos intentos a este respecto, la gran mayoría, desde luego, terriblemente fallidos, podemos encontrar a nuestro alcance–.

Hoy me gustaría abordar el enfoque de un libro magnífico que habla precisamente sobre el Amor: El collar de la Paloma, de Ibn Hazm de Córdoba. La peculiaridad de este texto no sólo radica en que pertenece a una visión del amor desde el mundo y la cosmovisión árabe –más allá de que el autor nació en Andalucía durante la invasión árabe a España–, sino que además es un texto que data aproximadamente del año 1022; es decir, de hace casi mil años.

En el mismo prólogo el autor expone sus propósitos al concebir esta obra como un texto en el que “pinte el amor, sus aspectos, causas y accidentes y cuanto en él y por él acaece”[1].

Desde luego que los propósitos son desmesurados, pero aún así es un texto que, a la luz de los años, nos permite comprender la manera en que el ser humano, sin importar las diferencias geográficas, religiosas o ideológicas, comparte un mismo deseo y una misma necesidad de amar y ser amado.

Sin más, vayamos algunos de los planteamientos desarrollados por el este filósofo-poeta arábigo-andaluz y que me parecieron de los más atractivos, pero cabe mencionar que en la obra hay muchísimos más.

 

La esencia del amor

Me da la impresión que, aunque el autor no lo expresa exactamente así, considera que el amor puede nacer de dos maneras distintas. Por un lado está el amor que nace a partir de una condición o características específica. No se refiere de manera especial al gusto o deseo físico, sino a ese amor que nace a partir de una coincidencia o de una característica que enamora. El problema con él consiste principalmente en que crece, en tanto crece la afinidad o desaparece en tanto la característica admirada decrece o cesa del todo.

Por el otro lado está “el verdadero amor” que “no puede desaparecer sino con la muerte”. El autor nos explica que en su opinión consiste en “la unión entre partes del alma” que se conocieron en el “altísimo mundo”. Hace una distinción clara entre el mito platónico. Hazm no cree en la idea de las almas divididas que deben encontrarse en el mundo físico, como suponía el filósofo griego, sino que supone que esa almas están unidas debido a la relación entre la potencia que tuvieron en el mundo intangible con “la vecindad que ahora tienen en la forma de su actual composición”.  El amor que nace en el mundo de las escencias, en el plano metafísico, se materializa y se consolida durante la existencia física de los individuos enamorados.

Cada cosa busca siempre su semejante y repele su contrario y esta manera de instinto opera siempre en el amor. Para que este sentimiento crezca y se fortalezca es necesario que entre los amantes en potencia existan afinidades.

Sin embargo, de forma muy acertada, se cuestiona sobre las posibles razones por las que, si un alma está atada a otra en potencia de verdadero amor, cómo es posible que en ocasiones uno de ellos no sea conciente o no lo acepte o sencillamente no se sienta atraído por el otro amante que siente amor verdadero. Su conclusión es simple pero, en su contexto, verosímil: “el alma de quien no corresponde al amor que otra le tiene, está rodeada por todas partes de algunos accidentes que la encubren y develos de naturaleza terrenal que la ciñen, y por ello no percibe la otra parte que estuvo unida con ella, antes de venir a parar donde ella está; pero, si se viera libre, ambas se igualarían en la unión y en el amor”.

 

El insomnio como señal de amor

Para que a nadie le quede duda, Hazm nos puntualiza un largo catálogo de señales que indican de manera indiscutible que uno se ha enamorado. Sin embargo yo quisiera tomar como referencia sólo una de esas señales, quizá la más desgarradora: el insomnio.

Habrá quien discuta que habrá muestras más contundentes entre las mismas que el autor nos señala, sin embargo me atrajo reflexionar sobre ésta porque el hecho en sí de perder el sueño es una experiencia que nos llena de angustia, de desesperación y que además, por el cansancio físico y mental que provoca, lo cargamos y lo sufrimos y lo recordamos y (al tratarse de insomnio de amor) lo disfrutamos durante todo el día siguiente.

Sin pretenderlo, esa noche sin dormir se perpetúa por el resto de la jornada y esas horas interminables de mirar el techo y de dar vueltas entre las sábanas que nos enredan, se reviven en nuestra cabeza y en nuestra piel a cada hora y ese amor, ya sea gozoso o triste, nos confunde y de pronto no sabemos que es el sueño y que la vigilia y confundimos, idealizamos y maldecimos a ese objeto de nuestro amor una y otra vez como en cuarto de espejos dónde dejamos de saber qué es lo real.

Luego llega otra vez la noche y de nuevo sentimos el alivio de pensar que pronto descansaremos, pero a la vez nos carcome el terror ante la posibilidad de volver al mismo desasosiego que nos impidió dormir la noche anterior y entonces el amor se vuelve material y lo sentimos en la piel y en los ojos resecos de cansancio y en los dedos ásperos y en el olfato saturado que hace horas dejó de percibir. Sin embargo no rechazamos el amor, lo que realmente rechazamos es carecer de certezas; es no saber, es imaginar lo que quizá es o quizá no; lo que deseamos es sentir el amor en pleno, ese sentimiento completo e incuestionable que nos permita dormir y soñar la noche entera de un tirón. Pero, para bien o para mal, el amor no siempre se manifiesta así.

 

Sobre quien se enamora por una sola mirada

Quizá nunca me ha llegado el amor pleno y profundo por esta vía, sin embargo es interesante que el autor considere ésta como una posibilidad verdadera de alcanzarlo.

Seguramente no es para menos. A fuerza de ser sinceros, más de una ocasión he llegado a cruzar miradas que me estremecen y que si bien es cierto, siempre se han resuelto en nada, han sido miradas cargadas de electricidad  que en muchos casos han durado semanas o meses.

Esas miradas, en la mayor parte de los casos inesperadas e impredecibles, se producen de pronto y la imagen grabada en la mente nos acompaña y nos cuestiona y nos hace dudar si de verdad no será cierto el asunto de la predestinación amorosa y pasional y nos angustia suponer que quizá habremos dejado pasar la oportunidad, tal vez la única que nos regale la vida, de encontrar el verdadero amor.

Poco a poco lo olvidamos, hasta que en el momento menos pensado aparece otra mirada que se graba en nuestro recuerdo como en piedra prehistórica y una vez más deseamos que no haya sido ése el verdadero amor porque que una vez más lo dejamos marchar sin hacer nada por salvarlo. En fin… siempre nos quedará la duda.

 

En fin… sólo unas cuantas muestras de las múltiple reflexiones que este autor hace sobre el amor. A lo largo de la lectura podemos no coincidir en las ideas o en la forma de expresarlas. Algunas cuestiones nos parecerán anticuadas y en desuso, pero lo que resulta claro es que el tema del amor es universal y que el ser humano de todos los tiempos y todas las épocas lo ha experimentado –si bien con distintas formas y lenguaje– con la misma pasión e intensidad.

Quizá vistos los tiempos que corren, más que buscar nuestras diferencias y poner el énfasis en aquello que nos separa, podríamos cambiar el punto de vista y enfocarnos más en aquello que nos une. Y de todo aquello que tenemos en común como seres humanos, más allá de nacionalidades, religiones y filiaciones políticas, es el Amor la manera más perfecta de encontrar armonía y entendimiento con los demás.

 


[1] Ibn Hazm de Córdoba, El collar de la paloma, Primera Edición, Séptima Reimpresión, España, Alianza Editorial, 2007, Pág. 97.

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